domingo, 19 de abril de 2009

La espalda de las cosas

Cuarenta y uno. Cumplidos. Gastando cuarenta y dos desde hoy.
Y los arranqué medio caliente.

¿Por qué?
Hace unos días apareció en varias listas (en la de Axxón seguro) un comentario a una nota que (otra vez) hace referencia al "cuento más breve del mundo".
Esta nota dice que Wired, "hace unos pocos meses" (noviembre de 2006 no me parece que sea "hace poco") convocó a escribir minificciones recordando aquel "For sale: baby shoes, never worn" de Ernest Hemingway. Y sigue la perorata transcribiendo varios ejemplos, y haciendo referencias a otros ejemplos, comparando la literatura americana con la "otra" literatura americana: la del sur del continente.
Esto hubiese quedado ahí si, después de varias idas y vueltas entre varios colisteros, alguien no hubiese saltado con que el autor (un señor llamado Eduardo Berti) es, aparentemente, un académico. ¡Fue amigo de Borges! ¡Ganó premios en Europa!
Pero parece que vive en un placard: aparentemente no se codea con la gente, se rodea sólo de otros académicos, ¡no usa Internet!
Bueno, si llegó a ser amigo de Borges posiblemente sea un hombre mayor; tal vez no pueda leer bien y tal vez leer de la pantalla le sea imposible.

¿Entonces?

Entonces es que, la verdad, me tienen bastanta inflada la paciencia con la "opinionibilidad" de estas personas, que hablan sin conocer y ocupan espacios que, ya, deberían ocupar otros. ¿Cómo puede ser que salgan "prestigiosas" antologías de la ciencia ficción argentina o latinoamericana que no contengan obras de los autores crecidos de los noventa para acá, y sigan publicando cosas de los setenta? ¿Cómo puede ser que se hable de autores bastante mayorcitos (cuando no muertos) y muchas veces dedicados a otras literaturas, cuando hemos tenido varios UPC en esta punta del continente? De no ser por el arduo y continuo laburo de unas pocas personas que, curiosamente, salen del fandom, el académico mundo de las letras sigue hablando de nuestra literatura fantástica solamente porque tiene boca... cuando habla. No está mal recordar a estos autores y disfrutar nuevamente de sus obras (yo sigo sin entender cómo "La invención de Morel", por nombrar una obra que a mí me gusta mucho, no forme parte de la literatura obligatoria en las escuelas secundarias argentinas?
¿Ven? Acá hay un ejemplo de un GRAN tipo que nunca se la creyó, y que siempre se mantuvo cerca nuestro: Adolfo Bioy Casares. ¡Y eso que él también fue amigo de Borges!
Decía (perdón por ladisgresión) que no está mal honrar a estos autores, pero creo que deberían salir del frasco y ver qué pasa allá afuera.

La verdad, creo que no necesitamos de ellos, los académicos, sino que ellos necesitan de nosotros si no quieren morir encerrados en un frasco adornado de encajes. Pero da bronca ese ninguneo gratuito y generalmente basado en ignorancia académica. ¿Nunca se va a tomar en serio el trabajo del mundo "no académico"? ¿Cuándo van a salir de ese frasco? Por tomar un ejemplo foráneo, Dick tuvo que morirse para que se den cuenta de lo valioso de muchas de sus (muchísimas) obras, de su perturbadora visión de nuestra realidad. Y así con muchos.
Yo opino que así como la vida, la literatura muchas veces la hace la gente de la calle. No sólo la que escribe, sino también la que la habla, la moldea, la deforma, la vuelve a formar. La que va y elige un libro, lo compra, lo consigue, lo lee "de ojito" en un tren o de prestado.
Así se hacen las historias, nacen nuevos mitos, nuevas ideas y formas de decirlas. No hace falta que venga un académico a darle validez. Cuando él llegue siempre verá la espalda de las cosas, desde atrás, estudiándolas cuando ya hayan pasado.
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