sábado, 8 de junio de 2013

Soplar al pedo

En el camino diario al trabajo, el trayecto que lleva desde el subte hasta mi oficina me invita a recorrer las (hoy castigadas) plazoletas que bordean la Avenida 9 de Julio de la ciudad de Buenos Aires.
A esa hora (alrededor de las nueve de la mañana), allí  trabajan los jardineros y cuidadores municipales, algunos haciendo lo que se puede ante la falta de respeto de la gente, que pisotea lugares que no deberían ser pisados, y estos muchachos que le dan, con la mochila sopladora, a todo lo que se encuentra a su paso.
Me pregunto si esto tiene sentido. Desconozco cuál es la idea que trae el uso de este aparato, pero me imagino que debe ser uno de esos implementos que benefician la salud de quien lo porta, porque no es lo mismo llevar un motor sobre la espalda, que va quemando combustible fósil (sí, el motor es a explosión, calculo que similar en potencia al de una motito liviana, de bajo cilindraje) que andar barriendo con una escoba, que no quema más combustible que el usado por el barredor en el uso de sus músculos. Bueno, sí, hay desgaste de la escoba, claro, cada tanto hay que cambiarla. Y además, uno así, con la mochila sopladora, se ahorra el andar pinchando papel por papel, latita por latita. Con la sopladora se van las hojas, los papeles, la tierra fértil (porque se usa sobre tierra sin pasto), se levanta una nube de caca seca de perro y andá a saber qué otras cosas, y todo esto mientras el piso esté seco, porque si no minga que va a levantar algo. Y si hay viento, bueno, no importa, por ahí ya pasamos soplando y si la naturaleza nos hace la comtra, mala suerte.
Esto es como los porteros que usan cascadas de agua para evitar la escoba: una vereda mojada parece limpia, qué joder.
En fin, creo que este tipo de cosas deberían empezar a revisarse, porque no dan el resultado deseado e, imagino, deben ser el negocio de unos pocos, derrochando tontamente recursos que posiblemente luego lamentaremos.
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