sábado, 10 de julio de 2010

Bloqueo

Bueno, por unos días no voy a poner nada sobre mi queridísimo y antenudo hijo digital (con el que cada día me parezco más, en varios sentidos). Quiero encarrilar algunas cosas. Quisiera. No son cosas importantes de la Vida, pero sí son cosas importantes para mí. Volver a escribir, por ejemplo.
Nunca fui escritor. Creo que escritor de verdad es ése que está pensando en su material todo el tiempo, encadenando palabras, generando ideas y situaciones. No es mi caso. Generalmente soy asaltado por la musa, y después queda el laburo de enderezar las letras y las palabras que se me mezclan, sacar ripio, reacomodar secuencias... hasta arruinar el texto. No digo que sea siempre así, pero muchas veces pasa.
Lo que sí hago es tratar de encontrar en aquellos escritores que estimo y considero buenísimos (y tengo cuatro, al menos, muy cercanos y con los que puedo hablar si necesito) el ejemplo de cómo hay que hacer las cosas. Pero hay más, claro, y es valiosísimo el intercambio que se puede tener con ellos.
Con respecto al bloqueo, podría excusarme en la falta de tiempo. O en el cansancio mental.
Pero lo cierto es que lo importante pasa por la falta de algo más. Ese algo más, creo haberlo mencionado alguna vez, tiene que ver con mi necesidad de mostrar que las personas podemos hacer las cosas bien. Si toman mis cuentos verán que la mayoría son bastante negativos en cuanto a la visión de las personas, y quisiera poner una esperanza. Alguien que logra eso, por ejemplo, es Eduardo Carletti en su cuento "La máquina".
Pero se ve que necesito creer en la gente. Y no lo consigo. A pesar de que día a día veo buenos ejemplos (y mi tarde de sábado es uno de ellos, compartida con jóvenes que dedican su tarde y a veces más a otros jóvenes y niños, un grupo de exploradores que tiene ya más de noventa años y que, casualmente, está en el mismo lugar donde nació el club San Lorenzo de Almagro). A pesar de que a menudo veo buenos gestos, hay cientos de ejemplos negativos, en especial de la mano de aquellos que deberían buscar el bronce en vez del oro. Es como si hubiese dos mundos. El de la gente común, que día a día hace su labor y que crea y crece y comparte, tal vez sólo por la necesidad de vivir con un poco de armonía. Y el otro, donde la avaricia y el egoísmo se manifiesta en cada gesto.
Acabamos de pasar nuestro día de la Independencia (ése que a Google lo tiene a maltraer, que no sabe cuándo es ni cuál es, siquiera, y puede que no se lo podamos achacar a Google, sino a nosotros, con una identidad social tan ambigua). Y me pregunto independencia de qué. Para mandarnos las cagadas que nos mandamos (y digo mandamos porque si bien no las hacemos nosotros somos responsables por omisión) preferiría no ser independiente, somos como ese nene que toca una y otra vez el horno caliente.
Y para colmo, lo tengo a Oesterheld con sus Manos, esos pobres titiriteros que no son más que títeres (¿quién tirará de las cueras, al final?).
Así que no puedo escribir. Si bien sé que el mundo de verdad se hace con y en las pequeñas cosas de cada día, en cada pasito, en cada buen gesto y en cada mano que podamos dar, necesito una señal de que las cosas pueden ser mejores, y de que el esfuerzo de la gente común no va a ser borrado por la obstinación y el empecinamiento obtuso y egoísta de unos pocos que en nombre de la gente (o en representación de un Dios Todopoderoso) acomodan las cosas a su capricho (y/o a su bolsillo). No pueden ver a la gente en paz, no la pueden ayudar a crecer sin sacar beneficio, muy lejanos están de los principios que esgrimen como bandera.
No les voy a echar toda la culpa, pero esta vergüenza ajena, este asco que siento por estos seudolíderes, tienen este efecto en mí: no me dejan imaginar historias donde su nefasta intervención no sea más que un lamentable pero lejano recuerdo.
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