martes, 11 de marzo de 2008

Calesita

Ciclos. La vida de una persona está llena de ciclos. Algunos que se abren, otros que se cierran; unos pocos que se repiten una y otra vez, vuelta tras vuelta, como en una calesita. Estos últimos se vuelven previsibles: a la tercera vuelta uno ya sabe que detrás del avioncito amarillo (que, pobre, nunca despega) viene el caballito azul, ése que con la mirada fija hacia delante se empeña en subir y bajar aferrado a un caño, siempre con los mismos vaivenes, siempre perseguido por el barquito que todo el tiempo surca la misma huella en un agua que no existe.
Estos ciclos previsibles tienen la virtud y a la vez el defecto de brindarnos la seguridad de lo ya conocido. Más allá de que el caballito suba o baje, siempre sabemos qué nos depara tras el horizonte, y aunque a veces nos empeñemos en imaginar una frontera distinta a la anterior, el caballito, el avión y el barquito nos acercan siempre a los mismos destinos, y eso, internamente, ya lo sabemos. Es verdad que giro tras giro nos vamos haciendo más duchos, y ya no le llevamos tanto el apunte al amoroso consejo del “agarrate fuerte” y empezamos a buscar con más manos esa sortija que alguna vez tendrá que tocarnos. Pero, ¿qué buscamos, entonces? ¿Queremos, simplemente, otra vuelta más, otro giro tranquilo y sin sorpresas emboscándonos tras la primera curva? ¿Por qué perseguimos la sortija con el firme propósito de permanecer igual que siempre?
Y así, tranquilos y confiados, nos vamos haciendo prisioneros de esta calesita que nos envuelve y envuelve, engañándonos a nosotros mismos, creyéndonos que todo puede seguir igual aunque, tal como el río nunca es el mismo río, cada vuelta es distinta a la anterior porque nosotros ya no somos los mismos.
A veces, sólo a veces, nos damos cuenta de que lo mejor es bajarnos de la calesita. No es fácil dejar la seguridad de la rueda para adentrarse en terrenos desconocidos.
Pero hay que hacerlo.
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